¿Qué puedo esperar tras un diagnóstico de Trastorno de la personalidad (TP)?

Terapia psicológica

A menudo nos encontramos con una situación en terapia que tiene que ver con preguntas relacionadas con la que inicia estas letras... ¿qué puedo esperar tras un diagnóstico de trastorno de la personalidad?, ¿entonces esto no se me/le va a pasar?, ¿estoy/está loc@-rot@ verdad?, ¿qué puedo hacer? Estas preguntas nos la pueden enunciar la propia persona que viene porque ha recibido dicho diagnostico o sus personas queridas porque no entienden bien que está pasando tras la noticia.

Es relevante resaltar que el encuadre y lo que vamos a abordar de cómo funciona y para qué sirven los diagnósticos para los trastornos de la personalidad encaja también cuando hablamos de cualquier otra etiqueta diagnostica que podamos estar asimilando en su gran mayoría, pero con este tipo de problemáticas, al tratarse de trastornos de mayor gravedad por la afectación cuando se acude y estar vinculados con un mayor nivel de estigma y miedos se torna todavía más intenso y de un cariz más problemático y complicado de gestionar.

En primer lugar, vamos a ver que significa una etiqueta diagnostica, de qué estamos hablando cuando hacemos alusión a un diagnóstico. Un diagnóstico de trastorno mental es una etiqueta que un profesional en el área de la salud mental, que está atendiendo a una persona, que acude con una sintomatología y unos motivos de consulta, pone para describir de alguna manera el sufrimiento de dicha persona y por ende de qué manera ese sufrimiento que subyacente se está expresando en este momento concreto.

Dichas etiquetas son un compendio de síntomas que se pueden dar juntos y cuando toman dicha forma de manifestación suelen tener unas características que, como conjunto se asemejan por diferentes motivos y a los profesionales les pueden ayudar a identificar aspectos clave de cómo se puede haber gestado, de qué manera puede evolucionar, de que formas se puede manejar o trabajar etc.

Es decir, al final es una manera de poder entender y poder facilitar la mirada, el encuadre de trabajo para el profesional que atiende y también de comunicarnos entre distintos profesionales que puedan atender a la misma persona.

Estas etiquetas son compendios de agrupaciones de síntomas, que se ha ido encontrando a través de investigaciones con grupos poblacionales y tras ellas, reuniones de diferentes profesionales llegando a acuerdos según lo que ven en la práctica clínica. Estas se agrupan en clasificaciones que se utilizan de base para realizar dicha evaluación y posterior diagnóstico, en general atendemos a la clasificación DSM de la APA o a la CIE de la OMS.

Conocer todo esto a rasgos generales nos puede ayudar a entender que al final lo que significa una etiqueta diagnostica es, que en este momento actual la persona cumple una serie de requisitos que tienen que ver con la forma de manifestación de su sufrimiento y que quizás la mirada podemos ir cambiándola pues no tiene que estar puesta en el diagnóstico, sino en el sufrimiento en sí mismo, en que esa forma se da por la idiosincrasia de todo lo que atraviesa a esta persona desde su contexto social, histórico, biológico, etc. y tenemos que ir viendo que piezas se pueden ir movilizando para ir aliviando parte de estas dificultades desde el cuidado y el respeto a la persona con la que trabajamos, entendiendo el mundo a través de sus ojos.

Además de cambiar el foco o la mirada hay que tener en cuenta que las etiquetas diagnosticas con el tiempo se mueven, es decir, son una foto del momento presente de estas manifestaciones de sufrimiento, pero previamente pueden haber sido otras y posteriormente otras, hasta que se deje de intentar paliar lo superficial, el síntoma, y se trabaje con lo que causa o sostiene estas problemáticas y una vez esto se dé, la etiqueta puede ir perdiendo sentido o entidad hasta pasar a formar parte de un pasado.

Por ello en la práctica clínica nos encontramos muchas veces con personas que han pasado por muchas etiquetas diferentes, o incluso tenido que cargar con el peso de varias de ellas a la vez, pues la manera del sufrimiento si se ha ido moviendo, pero este sufrimiento no se ha podido atender. Que importante dejar de atender la forma e ir al fondo…

Por otro lado, nos encontramos la cuestión de lo que significa la etiqueta para la persona y desde ahí se conjugan varias cuestiones que tienen que ver con el estigma, la profecía autocumplida, el peso de la etiqueta o incluso de sentir-pensar que una vez la tengo esta es parte de mí, explica lo que soy, no lo que me sucede y desde ahí pasa a formar parte de mi identidad, con lo que yo me comunico al mundo…lo que me ata, lo que no me permite moverme, y nada más lejos de la realidad.

Si bien es cierto que no todas las etiquetas diagnosticas se refieren a problemas con el mismo nivel de estatismo, afectación o gravedad, en todos los casos se puede aliviar al menos parte de ese dolor, se puede cambiar ciertas maneras de estar y relacionarse tanto la propia persona como el entorno y se puede incluso revertir la sintomatología que causó dicho diagnóstico, por grave y costoso que pueda ser en un inicio.

En el caso del presente artículo hablamos de trastornos de la personalidad y al hablar de personalidad para todos es bien sabido que su característica diferencial más relevante frente a otras problemáticas es la omnipresencia, es decir, la parte anómala, disfuncional o patológica no se limita a un aspecto concreto, no es parcial, sino que se extiende a un rango muy elevado de experiencias de la persona, pues atañen a los sentimientos, comportamiento y experiencias casi por completo. La persona muestra un repertorio muy limitado e inflexible de comportamiento, alterándose muy poco con respecto al contexto en el que se encuentra limitando por tanto la capacidad de adaptación al medio, generando dificultad en la capacidad de aprendizaje y relación a todos los niveles.

Los trastornos de la personalidad involucran patrones duraderos de pensamiento, emoción y comportamiento que afectan la forma en que las personas perciben y se relacionan con el mundo. La complejidad de estos trastornos requiere un conocimiento profundo y habilidades especializadas que a menudo no se abordan adecuadamente en la formación general en salud mental.

Esta definición básica, ya deja entrever que las dificultades en el abordaje de la problemática que presentan van a ser muchas por ello tanto para la persona, el entorno y los profesionales que los atienden tener presente esta parte es importante, no de cara a vivir la situación como ya estoy desahuciado, sino justo al contrario, para entender que el ir abordando con cuidado, mimo y paciencia a pesar de las dificultades y del cuidado extra que nos podemos ir dando cuando el proceso se nos haga complicado es clave en estas circunstancias.

Además, cuando hablamos de profesionales que atienden a estas personas el tener conocimientos extensos, nuevos y actualizados a nivel teórico para comprender y fundamentar nuestras intervenciones y también de la parte más adaptada y práctica para encarar los retos que nos suponen es de vital importancia, siempre basados en la evidencia y en la mayor innovación posible.

Por todo ello los TP, especialmente el límite, están recibiendo una mayor atención de unos años a esta parte en las investigaciones, en los tratamientos específicos que van acumulando mayor evidencia etc. y han pasado de ser trastornos en los que se encontraba menor literatura, menos tratamientos validados y referencias a estar empezando a tener mucha mayor relevancia porque su complejidad ha dejado de ser mirada como una inflexibilidad con la que poco se puede hacer, a entenderlo como una mayor vulnerabilidad que debemos atender, eso sí, siempre con los saberes y herramientas adecuados.

Una formación robusta en trastornos de la personalidad contribuye a la prevención y reducción del estigma asociado con estos trastornos. La educación adecuada sensibiliza a los profesionales y al público en general, fomentando un entendimiento más compasivo y empático de las personas que sufren de estos trastornos.

A este respecto nace el interés para nosotros desde la clínica tanto en formarnos de manera continua para mejorar en nuestra calidad asistencial como en ofertar formación en esta área, con formaciones como el curso de verano de la UMH que se va a realizar en breves para poner este pequeño granito de arena, nuestro aporte a la formación de aquellos psicólogos que están empezando a ejercer para adentrarse en la complejidad que entrañan, ofreciendo una visión teórica, basada en la evidencia y la información más reciente que tenemos desde el punto de vista de la aplicación de la misma, pues puede ser todo un desafío debido a la complejidad y variabilidad de los síntomas. La formación en este campo permite a los profesionales adquirir las habilidades necesarias para una evaluación precisa y una comprensión profunda de las dinámicas subyacentes.

Al consultar fuentes sobre epidemiología de estos trastornos nos encontramos con una problemática añadida, los datos son muy dispares, pero sí que hay coincidencia en que se estima que la prevalencia es elevada en población general, entre el 6-13% y aumenta hasta el 20-40% cuando nos referimos a población con trastorno mental (Belloch 2020). Es una elevada prevalencia, similar en la comparación a los síndromes clínicos con los que más nos manejamos como depresión y ansiedad.

Según el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de los Estados Unidos, los trastornos de la personalidad afectan aproximadamente al 9.1% de la población adulta en un año determinado. Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que los trastornos de la personalidad son altamente prevalentes a nivel global, contribuyendo significativamente a la carga mundial de enfermedad. El incremento en la detección y el reconocimiento de estos trastornos contribuye a una mayor demanda de profesionales especializados.

Como se ve cuando hablamos de cómo aumenta la prevalencia al referirnos a población clínica, el impacto en la salud mental es evidente, los trastornos de la personalidad están asociados con una mayor incidencia de otros trastornos mentales, como la depresión, la ansiedad, los trastornos de consumo de sustancias y los trastornos de la conducta alimentaria. Esto subraya la importancia de una formación especializada para abordar las comorbilidades y proporcionar un enfoque integral en la atención clínica.

La intervención terapéutica sobre este problema ha experimentado un notable avance en los últimos tiempos. Las revisiones de eficacia terapéutica que se realizaban años atrás estaban tildadas por un claro pesimismo acerca de los resultados que podrían obtenerse, por contra los últimos años ha habido un resurgir en el interés y otras ópticas más amplias, con lo que se ha fortalecido el abordaje terapéutico contando con nuevos protocolos de actuación. Desde la evidencia científica sólida el tratamiento psicológico es considerado una herramienta eficaz en el tratamiento de los TTPP, como han puesto de manifiesto los metaanálisis publicados hasta la fecha.

Hasta hace pocos años los TP se consideraban tratamientos resistentes al cambio y con los que el trabajo era prácticamente imposible, más allá de una contención o desahogo, pero afortunadamente esta mirada de la estabilidad y por ende imposibilidad de mejora fue atajada con los avances de la psicología. Grilo y su equipo, con amplio trabajo en esta área nos muestran recopilando y analizando con diferentes estudios como son el CLPS de Gunderson et al, el MSAD de Zanarini cols y el CICS de Brook y cols que los TP no son inmunes a los tratamientos, que son población con elevadas tasas de recaída, con baja recuperación total, con necesidad de intervenir durante periodos de tiempo más extensos y con trabajos más intensos y específicos, dirigidos más a la flexibilización de sus rasgos que al alivio sintomático, pero con la que si se trabaja de dicha forma las tasas de prevalencia mejoran.

Es importante destacar que la selección del tratamiento debe adaptarse a las necesidades individuales y la naturaleza específica del trastorno de la personalidad. Además, la terapia a menudo implica una combinación de enfoques y puede requerir un enfoque personalizado para cada individuo. La evidencia en este campo sigue evolucionando, y es fundamental que los profesionales de la salud mental estén actualizados con la investigación más reciente.

En la actualidad se tiende más hacia enfoques integradores u holísticos, que integran múltiples modalidades terapéuticas y consideran factores biológicos, psicológicos y sociales en el tratamiento. Un enfoque holístico puede abordar la complejidad de los trastornos de la personalidad y personalizar la intervención según las necesidades individuales. La combinación de terapias cognitivo-conductuales, de tercera generación, sistémicas, centradas en el trauma y/o en la compasión, con elementos psicodinámicos o experiencias emocionales, etc. puede abordar de manera más completa la complejidad de los trastornos de la personalidad.

Al explorar la problemática no podemos perder de vista que la elevada prevalencia unida a la gravedad de la sintomatología y a que estos trastornos no solo afectan a la persona que los experimenta, sino que también influyen en sus relaciones interpersonales, laborales y sociales, contribuyendo a la carga social de enfermedad, da como resultado que nos encontramos de frente con la realidad: los TP son un problema a nivel de salud mental de vital importancia que debe tener su lugar desde su persona, hasta en su entorno en el que están imbuidos como en la formación de los profesionales y en el abordaje de las dificultades para atajar su problemática particular.

Y bien…entonces ¿Qué puedo esperar tras un diagnóstico de TP? En primer lugar por todo lo expuesto hacer frente a dicha situación es complejo y entraña muchas dificultades tanto para la persona afectada como para sus personas queridas pero no es una sentencia que acaba con las oportunidades, sino más bien puede ser vista como el inicio de un camino hacia el abordaje integral de dicho sufrimiento que había quedado sin la respuesta adecuada previamente y con el que se puede empezar a atender tanto a la persona como al entorno para ir configurando una nueva mochila de recursos, ir vaciando el dolor y experiencias adversa de la mochila que la persona ya trae e ir construyendo una vida valiosa que la persona quiera vivir, pues afortunadamente se ha dejado de ver dichos trastornos como algo estructural y sin posibilidades.

Si te encuentras en una situación en la que has recibido un diagnostico de estas categorías o eres del entorno de una persona que lo está viviendo, estamos a tu disposición si necesitas iniciar un proceso en el que atravesar las dificultades que entraña.

Como bien decía Virginia Satir “la terapia sistémica nos muestra que las interacciones y patrones de comportamiento en las relaciones pueden ser cambiantes y flexibles”, así que si en mis relaciones personales me encuentro con dificultades podemos abordar cómo cambiar dichas posiciones, patrones y dificultades para tener relaciones más satisfactorias y vivir de una manera que me resulte más plena y feliz.

Este artículo pretende ser un acercamiento no demasiado extenso por ello soy conocedora de que dejo fuera de plano muchas otras cuestiones a atender, pero por intentar que sea lo más breve y conciso se ha decidido abordarlo con lo que más suele interferir. Si el lector tiene cualquier otra duda no expuesta puede hacérnosla llegar e intentaremos resolverla o trabajar esa área en otros artículos o post y si lo necesita va más allá de estas cuestiones quedamos atentos y a vuestra disposición.

Me gustaría dejaros con la siguiente frase que por sencilla quizás resume aquellas gafas con las que mirar, que me parecen tan importantes para poder acercarnos a aquellas personas que sufren “No podemos cambiar nuestra historia, pero sí podemos cambiar las sensaciones que nos sigue generando” Anabel González.

Psicóloga Inma Albero

Psicóloga Adultos y Parejas

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