Cuando la relación con la comida se complica (y no lo vemos)

Problema de alimentación

Muchas veces no somos conscientes de cómo puede llegar a cambiar nuestra forma de relacionarnos con la comida y comer puede pasar de ser algo cotidiano y casi neutral a convertirse en algo que nos resulta incómodo de algún modo. Este cambio suele ser algo sutil y que llega poco a poco (no de forma abrupta), aunque no nos demos mucha cuenta. Este cambio silencioso suele aparecer a través de nuestros pensamientos, de los cuales muchas veces no somos demasiado conscientes, y a través de ellos se van colando ciertas conductas que aparentan ser "neutrales" o "inofensivas", a menudo porque encajan muy bien dentro del ideario colectivo en torno a la comida (sí, nos referimos a esa parte social de la comida que tanto peso tiene en lo que hacemos de forma individual).

En muchas ocasiones, una relación poco saludable con la comida no se identifica fácilmente porque se confunde con hábitos aparentemente normales o incluso con un supuesto estilo de vida saludable. Por eso, aprender a reconocer determinadas señales puede ayudarnos a entender mejor qué papel está ocupando la alimentación en nuestro bienestar emocional y cuándo conviene prestar atención a lo que está ocurriendo.

Todos hemos escuchado (y seguiremos haciéndolo) frases como "esta noche no ceno que hoy me he pasado comiendo", "tengo que cerrar el pico si quiero llegar bien al verano", "voy a aprovechar hoy y mañana me pongo a dieta"… resulta familiar, ¿verdad? Pues bien, aunque en cierta manera hemos normalizado determinados comentarios en torno a la comida, la verdad es que muchas veces (más de lo que imaginamos), detrás de este tipo de comentarios se esconde mucho malestar y personas que no se sienten bien con todo lo que rodea al acto de comer.

Existe una idea equivocada de que solo tienen un problema con la comida las personas que tienen un evidente trastorno de conducta alimentaria, vamos, algo que todos ven con claridad porque hay un indicador claro de ello. Sin embargo, esto no es verdad, porque existe un altísimo porcentaje de personas que esconden mucho sufrimiento y malestar relacionado con la comida, aunque desde fuera "todo se vea bien". Hay demasiadas personas atrapadas en la culpa, la ansiedad o el control excesivo cuando se trata de comer, y eso merece ser atendido, porque todos tenemos derecho a poder vivir en paz con algo tan básico y esencial como es el acto de comer (y todo lo que le rodea).

De hecho, cada vez más, hay personas que enmascaran problemas de sufrimiento en torno a la comida, con un "disfraz" de "estilo de vida saludable", "cuidar el cuerpo", "cuidarse", "quererse", "ser fit" etc.

La idea es clara: si hay malestar, merece atención.

 

Cuando comer deja de ser algo natural y sencillo

Comer no es solo sobrevivir y subsistir. Comer es también disfrutar, socializar, celebrar, consolar…en un poco todo esto también, y esto no es un problema si no desequilibra la balanza hacia el exceso. Es decir, tan perjudicial es buscar consuelo siempre en la comida como reimprimirse siempre y no poder disfrutar de un buen bocado rico. En otras palabras, comer es hambre, pero a veces también es felicidad o calma, y todo está bien si hay equilibrio.

Llevar a cabo estos diferentes usos de la comida es algo humano y natural, pero la cosa se complica cuando nos damos cuenta que nuestro sistema empieza a utilizar la comida como una herramienta casi exclusiva de gestión emocional. Aquí empieza el desequilibrio. Es importante entender que lo menos importante en realidad es lo que hacemos con la comida (si como más o menos cantidad o si elijo este alimento o este otro), es mucho más importante desde donde lo hacemos (si lo estamos usando como un mecanismo de regulación, o incluso de control a veces). Vivimos en un entorno donde controlar la comida está tan normalizado que cuesta detectar cuándo deja de ser algo saludable para convertirse en una fuente de malestar.

Hablar de calorías, compensaciones, "comida limpia", "permitidos", "pecados", ayunos, retos o dietas exprés forma parte de conversaciones cotidianas. Las redes sociales también han hecho que muchas personas vivan observándose constantemente: qué comen, cuánto comen, si lo están haciendo mejor o peor que los demás. Y en medio de todo eso, es fácil perder la conexión con algo básico: escuchar el propio cuerpo.

Muchas personas llevan tanto tiempo intentando controlar lo que comen que ya no saben distinguir si tienen hambre real, hambre emocional, cansancio o simplemente necesidad de parar un momento. Porque cuando la comida se llena de normas, deja menos espacio para la naturalidad.

 

Las emociones

La relación entre emociones y comida es mucho más profunda de lo que solemos reconocer. Hay días en los que el estrés hace que una persona pierda completamente el apetito. Y otros en los que necesita comer algo constantemente para calmar la sensación de ansiedad. Algunas personas encuentran alivio momentáneo en la comida porque es una pausa mental, un momento de desconexión o una forma de sentir algo agradable cuando todo lo demás pesa demasiado. Y después llega la culpa. Una culpa que no suele tener que ver solo con la comida, sino con lo que esa comida representa: "no tengo control", "otra vez igual", "debería hacerlo mejor".

Pero nadie nos enseña realmente a gestionar emociones. Muchas veces aprendemos a funcionar, a rendir, a seguir adelante… aunque por dentro estemos agotados. Y la comida acaba ocupando un lugar emocional sin que lo planeemos. No porque haya algo roto en nosotros, sino porque estamos intentando sostenernos como podemos. No hace falta que exista una situación extrema para preguntarse cómo es nuestra relación con la comida. Hay señales pequeñas, cotidianas, que pueden indicar que algo se ha ido tensando por dentro.

Por ejemplo: pensar en la comida casi todo el tiempo, compensar cuando hemos comido demasiado, sentir ansiedad por comer algo fuera de lo planificado, sentirse culpable después de comer, etiquetar alimentos como "buenos y malos" todo el tiempo, evitar planes sociales por algo relativo a la comida, necesitar controlar todo lo que como etc.

Ninguna de estas señales, por sí sola, define a una persona ni significa automáticamente que exista un trastorno. Pero sí pueden ser una forma de escuchar que algo no se está viviendo con tranquilidad.

Y muchas veces lo más importante no es ponerle una etiqueta, sino reconocer cómo nos hace sentir.

Estas señales pueden aparecer tanto en personas con trastornos de la conducta alimentaria como en personas que simplemente han desarrollado una relación complicada con la comida sin ser plenamente conscientes de ello.

 

Comer como una "lucha agotadora"

Hay un desgaste enorme en vivir pendiente de la comida todo el tiempo. Mentalmente ocupa mucho espacio, más del que parece. Decidir qué comer, calcular, evitar, compensar, sentirse culpable, prometer hacerlo mejor mañana… Todo eso consume energía emocional. Y a veces una persona se acostumbra tanto a funcionar así que cree que es lo normal. Pero cuando la relación con la comida se vuelve rígida, también suele volverse rígida la relación con uno mismo. Aparece más exigencia, menos flexibilidad y una sensación constante de estar haciéndolo insuficientemente bien. Y eso termina afectando mucho más que la alimentación. Afecta al descanso, al estado de ánimo, a la autoestima, a la forma de relacionarse con el cuerpo e incluso a la capacidad de disfrutar.

Una de las cosas que más frena a muchas personas es pensar que "lo suyo no es para tanto". Como si solo se pudiera pedir ayuda o prestar atención cuando todo está completamente desbordado. Pero el malestar no necesita compararse para ser válido. Si la comida genera ansiedad, culpa, obsesión o sufrimiento frecuente, merece espacio y escucha. Aunque desde fuera nadie lo note. Aunque la persona siga funcionando. Aunque nunca haya recibido un diagnóstico. A veces estamos tan acostumbrados a minimizar lo que sentimos que olvidamos algo importante: no hace falta tocar fondo para empezar a cuidarse mejor.

 

Reparar la relación con la comida

La relación con la comida no es algo fijo. Puede cambiar. Y ese cambio no suele empezar desde el control extremo ni desde la perfección. Suele empezar desde algo mucho más pequeño y humano: dejar de pelearse constantemente con uno mismo. Muchas personas creen que mejorar su relación con la comida significa "tener más disciplina". Pero a menudo ocurre justo lo contrario: lo que ayuda es incorporar más flexibilidad, más escucha y menos castigo.

Volver a preguntarse: ¿es realmente hambre lo que tengo?, ¿cómo me estoy sintiendo ahora? ¿hay algo que necesite gestionar en mi vida?

Porque detrás de muchas conductas relacionadas con la comida suele haber cansancio emocional, autoexigencia, estrés acumulado o necesidad de calma. Y entender eso cambia mucho la mirada.

Reconectar con el cuerpo puede resultar extraño al principio, especialmente si llevamos años intentando ignorarlo o controlarlo. Hay personas que ya no identifican el hambre hasta que sienten un vacío enorme. O que no reconocen la saciedad porque comen rápido y desconectadas. O que sienten miedo cuando dejan de seguir normas estrictas porque creen que perderán completamente el control. Es normal. La relación con la comida también se aprende. Y desaprender ciertas dinámicas lleva tiempo. No se trata de hacerlo perfecto. Ni de pasar de la culpa a la paz absoluta de un día para otro. Se trata de empezar a observarse con un poco más de honestidad y un poco menos de juicio.

Muchas personas viven este tema en silencio porque sienten vergüenza o creen que "deberían poder solas". Pero hablarlo suele aliviar más de lo que imaginamos. A veces con alguien de confianza. Otras veces con un profesional que pueda acompañar desde un lugar respetuoso y sin juicios. Porque sentirse atrapado en una relación difícil con la comida es mucho más común de lo que parece. Y no dice nada malo sobre quién eres. Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer que todo depende del control personal: si comes "bien", si tienes disciplina, si sabes resistirte. Pero la relación con la comida es muchísimo más compleja que eso. Tiene que ver con emociones, historia personal, estrés, autoestima, hábitos, cansancio, entorno y necesidades emocionales que muchas veces pasan desapercibidas. Por eso culparse constantemente rara vez ayuda. La mayoría de las personas no necesitan más presión. Necesitan entenderse mejor.

No existe una forma perfecta de comer. Ni una relación perfecta con la comida. Habrá días más conectados y otros más caóticos. Días de ansiedad, de cansancio, de comer rápido o de necesitar más consuelo. Y eso también forma parte de ser humano. Lo importante quizá no sea hacerlo todo bien, sino dejar de vivir cada comida como una batalla interna. Poder comer sin miedo, sin culpa constante, sin sentir que el valor personal depende de lo que hay en el plato.

Y aunque el camino no siempre sea lineal, merece la pena construir una relación con la comida que tenga más calma, más flexibilidad y más cuidado. Porque comer debería sentirse, la mayor parte del tiempo, como algo natural. No como una lucha silenciosa que ocupa la cabeza todos los días.

Psicóloga en Elche Marian García

Psicóloga
Adultos y Trastornos de Alimentación

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