Conocer la agresividad humana

Durante la última semana, la calle y los medios de comunicación de mi ciudad han estado llenos de comentarios acerca de la agresividad y la violencia en la juventud. Tanto es así, que he decidido recordar en este post algunos aspectos de la agresividad humana, a modo de invitación para reflexionar  juntos.

La agresividad es una característica inherente a la especie humana, podemos preguntarnos de dónde viene, qué la suscita, o qué logra controlarla, pero lo que es indudable es que todos y cada uno de nosotros ha sido agresor y agredido en algún momento de su vida. Ejemplos hay muchos, basta con observar cómo se comportan al volante algunos conductores, o cómo se pelean por un balón los niños en cualquier patio de colegio.

Desde la perspectiva biológica, sabemos que en los comportamientos agresivos están implicadas estructuras corticales y subcorticales del cerebro. Hace más de 40 años se demostró que las conductas agresivas extremas en el ser  humano se relacionan con alteraciones en el área límbica y en los lóbulos frontales y temporales. A nivel químico las hipótesis más consolidadas  postulan una reducción  del funcionalismo serotoninérgico, junto a la hiperactividad del sistema central de neurotransmisión noradrenérgico, y se sigue investigando.

Ante la pregunta para qué los seres humanos agredimos, los investigadores han establecido dos motivos principales: uno causar daño y otro obtener un beneficio.

En función de estos motivos han definido dos tipos de agresión:

  • Agresión afectiva u hostil, esta agresión es impulsiva, emocional, reactiva, precedida por una instigación previa, con altos niveles de activación neurovegetativa y generalmente se produce como reacción a una amenaza o a una provocación real o imaginaria .Por ejemplo sería el empujón que le damos a una persona tras habernos insultado.
  • Agresión instrumental es más racional que la anterior, es premeditada, controlada y proactiva ya que se emplea como medio para conseguir algo y no precisa de estímulos instigadores previos. Un ejemplo  sería el golpe a una persona mayor para robarle la cartera.

Distinguir entre agresión hostil o instrumental es atender a la motivación, los antecedentes situacionales y las expectativas de las  consecuencias. Pero también podemos clasificar la agresión atendiendo a otros parámetros, como por ejemplo la modalidad de respuesta (verbal o física), su visibilidad ( abierta o encubierta), el tipo de daño que produce ( físico o psicológico), la duración de sus consecuencias ( transitorias o duraderas), los agentes implicados ( individual, interpersonal, grupos)

La agresividad humana como vemos  es una respuesta compleja en la que intervienen múltiples variables.

Dentro de las teorías que tratan de explicar los factores que influyen en la agresividad  me gustaría destacar la del aprendizaje social. Se ha demostrado que los seres humanos aprenden  a agredir movidos por lo que ven a su alrededor. La familia constituye la primera agencia de socialización  con la que tienen contacto la mayoría de los individuos, por lo tanto será de vital importancia ver qué   modelos  se ofrecen a los niños en sus contextos familiares, es dentro de nuestra familia dónde aprendemos a discutir, pelear, defendernos, qué tipo  de comportamientos tienen premio y cuales castigo, y cómo se solucionan los problemas. Aprendemos por observación e imitamos a nuestros modelos, por lo tanto, no es de extrañar que  un ambiente familiar violento pueda generar comportamientos agresivos en los niños, demasiadas veces hemos constatado que  muchos adultos maltratadores fueron niños maltratados.

Pero no solo están los aprendizajes derivados del contexto familiar, también tiene una carga importante en la manifestación de la agresividad  lo que los psicólogos llamamos transferencia de la excitación, algunas personas reaccionan de manera violenta y extrema a cuestiones nimias cuya verdadera causa radica en frustraciones anteriores que poco tienen que ver con los hechos. Pensemos en una persona que va al trabajo, para empezar el día tiene dificultades para encontrar aparcamiento y llega tarde a su puesto de trabajo , en su reunión de la mañana no puede acceder a sus documentos por problemas informáticos, su jefe le recuerda que esta semana todavía no ha cumplido con los objetivos propuestos, en cada una de estas interacciones la persona va aumentando su  nivel de tensión , quizá cuando llegue a casa pueda poner el grito en el cielo simplemente porque alguien dejó una luz encendida. Si esto ocurre esporádicamente no tiene mucha importancia, pero si este tipo de cosas suceden muy a menudo tendrá consecuencias graves para la persona que lo sufra.

Pero además del contexto familiar y las frustraciones acumuladas también tendremos que tener en cuenta que cada persona tiene un temperamento y no todos reaccionamos igual ante las mismas  circunstancias.

Así por ejemplo aquellas personas que tienden a ser muy suspicaces, que hacen suyo el refrán “piensa mal y acertarás”, que interpretan comportamientos ambiguos como maliciosos o adjudican intenciones peligrosas a los demás  pueden sentirse amenazadas con facilidad  y ser más proclives a reaccionar con agresividad.

Del mismo modo aquellas personas que tienden a obsesionarse, que suelen hacer bucle en la mente, que rumian las misma idea una y otra vez, cuando esta idea tiene que ver con una provocación, se van llenando de tensión, tensión que al ir en aumento puede desembocar en comportamientos agresivos. Por otro lado, las personas que son más competitivas, las  que siempre tienen prisas, las que son más irritables también suelen ser más proclives a reaccionar con agresividad que aquellas de temperamento más tranquilo y relajado. Y aquellos que no tienen las palabras adecuadas para defenderse,  para expresar sus sentimientos negativos harán uso de la fuerza con mayor rapidez que quienes posean una buena inteligencia emocional y dispongan de las habilidades sociales para ello.

La agresividad puede llevarnos a un punto donde no hay retorno, por eso es necesario comprender bien qué nos enfada y cómo lidiar con ese sentimiento.

Aumentar nuestra capacidad de tolerar la frustración, desarrollar habilidades sociales que nos permitan expresar nuestros sentimientos negativos y ofrecer buenos modelos a imitar son tres factores clave para controlar la agresividad.

Así que aquí os dejo las siguientes  preguntas para reflexionar:

¿Estamos siendo buenos modelos para los demás?

¿Disponemos de buenas habilidades para expresar enfado?

¿Cómo va nuestra capacidad de tolerar la frustración?

Si piensas que en algo puedes mejorar y no sabes cómo hacerlo, en MINDIC  tienes un equipo capaz de prestarte orientación y ayuda en estos temas.  

Psicóloga Marga Mateu

Psicóloga
Adultos y familias

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