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El alma en vela. Consecuencias COVID-19, un hecho sin dicho

Normalmente, cuando alguien llama a la puerta de un terapeuta es porque algo de su tupido velo falló, dejando al descubierto un angosto vacío de preguntas sin respuestas, donde la trama que construyó para vivir hace aguas, presenta grietas y ha perdido su efecto pantalla sobre el sol cegador. ¿Cómo sino mirar a cielo abierto?

En este contexto recibía una videollamada imprevista desde la torre alta del castillo, una habitación cómoda, lujosa, aislada y de buenas vistas, pero no exenta de vértigo. Alguien que no cree en la muerte, sino que la concibe como un estado, cuyo mensaje era ​ “echo de menos a mi familia, hacer lo que me gusta... pero imagino que puedo transportarme a cualquier sitio, porque sino me amargo. Esto del virus es algo que se han inventado...”​ Enseguida supe, que no había que cuestionar nada de esa teoría, si eso daba pétalos y hojas al tallo raso. Esta persona con supuesto dote invencible, en otro momento no hubiese pedido ayuda mientras la patita asomara por debajo de la puerta, solo precisaba que le acompañara, que no es poco, y eso hice.

Y es que, no hay inscripción de la propia muerte en el psiquismo y por ello, la muerte del otro resulta siempre una amenaza, ya que despierta la propia. Cada cual dispone de sus recursos para mantener a raya a tan amenazante nada. Lo importante es poder recubrir esa nada, ese vacío, enmascarar con un mínimo manto de amalgama, ese hueco en el ser, que nos deja la muerte.

Si algo define al trauma es lo que queda arrojado por fuera del sentido, aquello que no puede ser entendido, integrado o atrapado en palabras, que nos expone a un exceso de excitación cercano al dolor, imposibilitado de ligazón psíquica por lo que no puede encontrar un modo de tramitación. El trauma supone siempre una contingencia, un encuentro imprevisto, sorpresivo y azaroso. La demasía excitación puede provenir del exterior o interior del sujeto, en el tema que nos concierne, COVID-19, la amenaza es externa, pero para que adquiera el matiz de trauma debe de ser un acontecimiento con implicación subjetiva, sin esa implicación, no hay trauma, así como “la respuesta entre lo actual y el fondo de memoria que cada sujeto atesora en su historia” (Green, 1993). Si bien hay acontecimientos que necesariamente devienen traumáticos, no todo trauma deviene patológico, pero siempre precisa trabajo psíquico. No podría entenderse de otra manera que bajo el mismo accidente de tráfico, una de las víctimas adquiera secuelas psicológicas y otra en cambio, no. Por tanto, la producción de síntomas corresponde una de las opciones que tiene la persona para poder hacer frente al desbordamiento, pero lo alentador, es que existenotras salidas que amortiguen lo enigmático, tales como la sublimación, la creatividad, la red social, lo imaginario, los ritos, la palabra... Algunos niños utilizan el llamado objeto transicional, por ejemplo puede ser un peluche, que portan a todas partes, pues actúa de puente para transitar el abismo de separación, una especie de red que impide caer en la nada cuando se pierde de vista a la figura de referencia. ¿Y no es el duelo un proceso que comienza ante la pérdida, en este caso, del ser querido? Más allá del acontecimiento, lo verdaderamente traumático es la gestión de ello, salir del silencio y la negación, es la compuerta de partida. Rescatar el afecto viene en el viaje, sin prisas, cada cual a su ritmo con las paradas necesarias o por carreteras secundarias.

Sé que lo particular de esta pandemia complica el almohadillado, pues nos reduce la tela del velo. El confinamiento restringe acceder de forma presencial al apoyo social y familiar, además de una sociedad entera en duelo y en consecuencia, dolida, donde seguramente la pérdida actual reactivó algún duelo impedido, estancado o pendiente. Otros tuvieron que cuidar por nosotros y hacerles llegar nuestro cariño en tan duro trance. En definitiva, hay anhelo de relación y ahí entra en juego la función del rito, pues tiene sentido que la reparación pase por lo vincular, es más, como os dije, el velatorio, como su propio nombre indica, ayuda a velar el vacío. Los rituales primitivos se practicaban con el propósito de evitar el regreso del muerto porque sin testimonio, sin testigos,sin silencio sostenido, sin soporte legislado por los otros, deja al deudo ante el retorno del vacío sin filtro, lo cual lo constituye insoportable. En esta puesta en escena se convoca a un tercero que valide y comprenda nuestros sentimientos, contactando con la realidad. Quizás no podamos hacer rituales al uso, pero algo podremos construir con nuestros recursos, estamos aislados físicamente, pero no en lo emocional, tenemos medios para expresar y compartir, usémoslos, reinventemonos ​

¿Cómo te gustaría hacerlo?

Comparte desde casa su canción favorita, recopila fotos que resuman su vida, realiza un video en familia, cada cual con su mensaje de despedida; redacta cómo lo recuerdas y lo que le caracteriza (aficiones, valores, aspectos difíciles, anécdotas...), elige un objeto que le conmemore, haz una caja de recuerdos; escribe una carta que contemple tus sentimientos (ira, enfado, dolor, culpa, gratitud, etc.), dibuja, pinta, reserva un minuto de silencio colectivo.... Arropa tu alma con palabras, las tuyas y de los tuyos, porque la muerte asumida y reflexionada rescata el sentido de la vida. Vela el hecho en dicho, cuando creas que es el momento...

Un inmenso y reparador abrazo.

Psicóloga Vanessa Benadero

Psicóloga
Adultos y adolescentes

Comentarios

Excelente ayuda para los momentos que vivimos; enfrentar la pérdida de un ser querido, en tiempos comunes, ya es difícil, En tiempos de cuarentena , es dramático, fallecen solos.

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