Emociones "morales": al rescate de la vergüenza

No sabiendo muy bien sobre qué escribir, recurrí a la clínica, al trabajo diario, al malestar que se repite en los pacientes, a las propias vivencias y a la sociedad por la que estamos atravesados, visionados, exponenciados…

Esta semana era noticia un vídeo “filtrado” de un programa de televisión llamado la Isla de las Tentaciones donde una pareja mantenía relaciones “des-intimadas” a pleno foco de cámara, sin tapujos. No tengo mucha más información al respecto, pero me basta para el interés en este texto: ¿qué fue de la vergüenza​, garante de la conducta moral, lo que nos permite, evolutivamente hablando, preservar lo íntimo de lo público, separar lo bueno de lo malo?

Mi intención no es juzgar el formato del programa, sería hipócrita en ello, pues he visto algunas de sus ediciones, simplemente considero que parar, cuestionar y analizar, permite transitar la cosa un poco más libre de inconsciencia. Tiene su guasa, porque justo fue la “tentación” de la serpiente (significante del reality show) a probar el fruto prohibido, lo que despertó el pudor y la vergüenza en Adán y Eva.

Alín Salom apunta en su artículo La verguenza en cuestión: una cuestión de verguenza: “la sociedad postmoderna goza de degradar al sujeto”. Helen Block Lewis (1971) considera la vergüenza como un afecto encaminado a la protección y mantenimiento de vínculos afectivos relacionales. Para ella, la vergüenza sirve como señal de que el vínculo social corre peligro y que el self debe reforzarse para lograrlo. En la misma línea, la aparición del asco y el pudor,​ son indicadores favorables en la clínica infantil, precisamente porque facilitan el amor al otro y a uno mismo. Me explico, aunque Silvia Bleichmar, trata muy bien este tema, por lo que me basaré en ella. El pudor va asociado al control de esfínteres porque ese es un momento definitorio en la delimitación del dentro y el afuera, es decir, de la representación de su propio cuerpo, definiendo los bordes del yo en la medida en que lo que está adentro es parte de mi, lo que queda a fuera, aunque sea parte de mi, es feo. En definitiva, es el reconocimiento de algo que tiene que ser ocultado ante el otro.​ Es algo del orden del cuerpo que produce molestias de ser exhibido. De modo que el pudor aparece como la fuente de la moral, entendida no solamente como aquello que no se debe hacer, sino como aquello que, de hacerlo, daña al otro. Y lo que se construye ahí no es solamente la renuncia para no ser rechazado, sino la renuncia por amor al Otro​ .​

Otro aspecto que me proponía a esclarecer es la diferenciación de las emociones morales, pues a veces quedan confundidas unas con otras por la relación existente entre ellas, donde además, la protagonista a lo largo del tiempo ha sido la culpa, la cual ha recibido mayor desarrollo teórico, pero creo que la vergüenza es la gran olvidada en la terapia, no sé si será por honor a su “timidez”... Sin embargo, todos hemos sentido vergüenza alguna vez, pensando “tierra trágame”.

El pudor​ tiene que ver con lo manifiesto que es necesario ocultar, mientras que la vergüenza aparece directamente relacionada con algo que el sujeto siente que se le puede evidenciar a partir de las formaciones que dan cuenta de esta existencia. El pudor hace alusión a la desnudez del cuerpo, mientras que la vergüenza a la desnudez del alma, toca lo más íntimo del sujeto, al sentimiento de existir. Nuestra​ imagen se cuestiona: ¿quién soy yo ante mí mismo? Y ¿quién soy yo ante los demás?

Porque en realidad, la vergüenza aparece ante la mirada de otro, ante alguien que nos puede juzgar o ante quien deseamos aparecer como válidos y excepcionales. Pero también existe una mirada interna escrutadora que nos hará sentir avergonzados si desafiamos alguna norma o ideal, pues desde muy niños hemos ido interiorizando a los referentes externos. Nathanson, 1992 en Rossi, 1998; Black, Curran & Dyer, 2013 proponen diferentes estrategias de la persona para defenderse de la vergüenza, pero resaltaré “la rabia” implacable​ con la que algunas personas reaccionan a la fuente de la herida. Esto se ejemplifica muy bien en la película de Disney “La Bella y la Bestia”, donde el príncipe hechizado trata al principio, con muy malos modales a la campesina, haciendo uso de su potente rugido. La señora Pop intenta atemperarlo cuando recibe una negativa a la invitación de cenar con él. El film también da cuenta de cómo la vergüenza es algo invasivo que inunda todo el self y que implica atribuciones internas de responsabilidad (yo he hecho esto porque he querido, en este caso no dar cobijo a la anciana), una tendencia a ocultarse y al aislamiento. Una escena que me chifla y que refleja la importancia de la mirada del otro es cuando están jugando en la nieve, ella le pone comida en sus zarpas para que dé de comer a los pájaros y él piensa: “miró hacia acá, me pareció que cuando nos tocamos no me rechazó, no puede ser, lo ignoraré, más sin embargo nunca me ha mirado así.” ​En contrapartida, la escena donde se encuentra acicalándose para el baile, es él solo quien mirándose al espejo se dice: “qué ridículo, no sé si puedo hacerlo”. El candelabro le echa un cable y le anima: “olvida la timidez, hay que ser audaz, atrevido”.

¿Qué diferencias hay entre culpa y vergüenza?

La vergüenza es un afecto más primaria, mientras que la culpa surge a posteriori en la vida del sujeto, pudiendo haber vergüenza sin culpa, pero no hay culpa sin vergüenza.

 

“Uno se siente culpable de lo que hace y se avergüenza de lo que es”

(Rodríguez Sutil, 2013)

Añadiría a esta frase, que no necesariamente se ha de ejecutar la acción, basta con desearlo para que se dé la culpa. La​ culpa tiene que ver con una agresión dirigida a un objeto, siempre hay un tercero que puede sentirse perjudicado, despertando el miedo a ser castigado. Sin embargo, la vergüenza deriva del conocimiento de un defecto del self que impide conseguir la meta propuesta por el ideal. Así, el miedo que acompaña a la vergüenza es la de ser rechazado y no querido por ese defecto. Antes aludía a una sociedad deficitaria de vergüenza por la sobreexposición, pero también existe una abrumación de la vergüenza, sobre todo en los adolescentes que intentan alcanzar el ideal y las expectativas de las redes sociales.

Ambas son emociones protectoras, la cuestión es cuando aparece un plus o una falta de ellas, es decir, los extremos, siendo en estos casos cuando se recomienda ayuda profesional de un psicólogo/a, por ejemplo psicopatía, trastorno evitativo, trastornos narcisistas, etc.

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